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El anarquismo en España

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MAPA IMPLANTACIÓN DE LAS ORGANIZACIONES OBRERAS

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15 thUTCp2930UTC02bMon, 08 Feb 2016 11:30:27 +0000UTC 2008 · 4:43 p02

La semilla anarquista

LA SEMILLA ANARQUISTA

por JULIÁN CASANOVA

EL PAÍS – Opinión – 06-10-2010

La CNT agrupó tras su bandera rojinegra a cientos de miles de españoles. Tanto por su eficacia como sindicato que mejoraba la vida de los trabajadores como por su sueño de un mundo sin dioses ni amos.

Se cumplen ahora 100 años de la fundación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Cuatro décadas antes, en noviembre de 1868, el italiano Giuseppe Fanelli, enviado por Mijaíl Bakunin, había llegado a España para organizar los primeros núcleos de la Asociación Internacional de Trabajadores. Comenzó así una historia de frenética actividad propagandística, cultural y educativa; de terrorismo y de violencia; de huelgas e insurrecciones; de revoluciones abortadas y sueños igualitarios.

Desde Fanelli hasta el exilio de miles de militantes en los primeros meses de 1939, el anarquismo arrastró tras su bandera roja y negra a sectores populares diversos y muy amplios. Sin ellos, nunca hubiera llegado a ser un movimiento de masas, se hubiera quedado en una ideología útil para individualidades rebeldes, muy revolucionaria pero frágil, arrinconada por el crecimiento socialista y relegada a la violencia verbal.

No ha pasado inadvertida esa presencia anarquista. Su leyenda de honradez, sacrificio y combate fue cultivada durante décadas por sus seguidores. Sus enemigos, a derecha e izquierda, siempre resaltaron la afición de los anarquistas a arrojar la bomba y empuñar el revólver. Son, sin duda, imágenes exageradas a las que tampoco hemos escapado los historiadores que tan a menudo nos alimentamos de esas fuentes, apologéticas o injuriosas, sin medias tintas. Imágenes que anticiparon Juan Díaz del Moral o Gerald Brenan y que se han hecho también con un importante hueco en la literatura, con La bodega, de Vicente Blasco Ibáñez; Aurora Roja, de Pío Baroja; La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza o, más reciente, La hija del caníbal, de Rosa Montero. Una veta, en fin, explotada por el cine, por Ken Loach y su Tierra y Libertad o Vicente Aranda en Libertarias.

Hace ya tiempo que José Álvarez Junco identificó las dos corrientes doctrinales de las que bebía el movimiento anarquista: el individualismo liberal y el comunitarismo socialista, una dualidad muy difícil de equilibrar en la práctica pese a todas sus llamadas a la armonía natural. El anarquismo parecía de entrada una utopía derivada de la filosofía optimista de la Ilustración, que mantuvo, como hijo del mismo tiempo que era, estrechas conexiones con las conspiraciones y sociedades secretas de tipo democrático radical, con el federalismo y con la fraseología romántico populista. Pero, al mismo tiempo, iba mucho más lejos de lo proyectado por el racionalismo liberal y el republicanismo, con su pretensión de abolir el Estado, colectivizar los medios de producción y, sobre todo, con su antipoliticismo, la verdadera seña de identidad del movimiento, el rasgo que marcó la ruptura con sus sucesivos compañeros de viaje, desde los federales a los socialistas, pasando por los republicanos.

El anarquismo que triunfó en España en las primeras décadas del siglo XX, justo cuando desaparecía del resto del mundo, fue el “comunitario”, el “solidario”, estrechamente unido al sindicalismo revolucionario, que confiaba en las masas populares para llevar a buen puerto la revolución. Al servicio de esa causa se fundaron círculos y tertulias, ateneos obreros, escuelas laicas y racionalistas. Desde el primer momento, le acompañaron en su desarrollo numerosas publicaciones que, en su labor ideológico-cultural, criticaron al capitalismo y a las clases dominantes, incitaron a la lucha social y contribuyeron a gestar una red cultural alternativa, proletaria, “de base colectiva”.

“Creo que nos hacen falta dos organizaciones, una abierta, amplia, funcionando a la luz del día; la otra secreta, de acción”, había escrito Piotr Kropotkin, uno de los padres del anarquismo, en 1881. La propuesta, que reflejaba el acoso al que la policía y las fuerzas del orden sometían a los anarquistas en los diferentes países, resultó profética porque por esos dos caminos tácticos transitó el movimiento durante toda su historia, envuelto siempre en una doble organización: una de tipo asociativo, sindical, que federaría a las sociedades obreras alrededor de objetivos reivindicativos; y otra de tipo ideológico, que agruparía a los más “conscientes”, centrada en la propaganda doctrinal y cuidando siempre de las desviaciones reformistas en el movimiento sindical. La Federación Anarquista Ibérica, creada en 1927, y su relación con el sindicalismo de la CNT en los años de la Segunda República constituye el emjor ejemplo de esa dualidad.

Cuando llegó la República, el 14 de abril de 1931, la CNT apenas tenía 20 años de historia. Aunque muchos identificaban a esa organización con la violencia y el terrorismo, en realidad eso no era lo más significativo ni lo más sorprendente de su corta historia. El mito y realidad de la CNT, el único sindicalismo revolucionario y anarquista que quedaba ya en Europa, se había forjado por otros caminos, por el de las luchas obreras y campesinas, un sindicalismo eficaz que ganaba conflictos a patronos intransigentes con los trabajadores. La CNT desarrolló sus lenguajes de clases y sueños revolucionarios en la prensa, en los talleres y fábricas, en las calles. Así, a través del adoctrinamiento y de las reivindicaciones laborales, quedó sellada su definición ideológica, su impronta antipolítica y antiestatal, su sindicalismo de acción directa, independiente de los partidos políticos, llamado a transformar la sociedad con la revolución.

El golpe de Estado de julio de 1936 cambió bruscamente ese rumbo. La guerra civil que siguió a esa sublevación impuso una lógica militar y frente a ella el sindicalismo de protesta y la clásica crítica al poder político quedaron inservibles. Un golpe de Estado contrarrevolucionario, que intentaba frenar la revolución, acabó finalmente desencadenándola. Muchos anarquistas vieron entonces sus sueños cumplidos. Duró poco, pero esos meses del verano y otoño de 1936 fueron lo más parecido a lo que ellos creían que era la revolución y la economía colectivizada. Poco importaba que la revolución se llevara por medio a miles de personas, “excesos inevitables”, “explosión de las iras concentradas y de la ruptura de cadenas”, en palabras de Diego Abad de Santillán. La necesaria destrucción de ese orden caduco era para ellos algo insignificante, comparada con la “reconstrucción económica y social” que se emprendió en julio de 1936, sin precedentes en la historia mundial. Esa es la imagen feliz del paraíso terrenal que transmitió la literatura anarquista, las declaraciones de Buenaventura Durruti a los corresponsales extranjeros, o la prensa que podían leer los obreros de Barcelona y los milicianos en el frente de Aragón.     Metidos en la revolución, en la guerra y en la persecución del contrario, los anarquistas vivieron su edad de oro, corta edad de oro. Extendieron una compleja red de comités revolucionarios por todo el territorio republicano. Colectivizaron tierras y fábricas. Crearon milicias. Participaron en el gobierno de la Generalitat y en el de la República. Y hasta que la revolución se congeló, soñaron despiertos con un mundo sin clases, sin partidos, sin Estado. Los que sobrevivieron la dura represión franquista tras la derrota se fueron a la tumba recordando aquella revolución popular, sin amos ni autoridad. Las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que ya no volvería a salir. Sus militantes resistieron en la clandestinidad, protagonizaron diversas escaramuzas en la guerrilla y asomaron sus cabezas en algunos conflictos. Muchos de ellos se enrolaron en la resistencia francesa contra el nazismo, pensando que aquella era todavía su guerra, la que acabaría con todos los tiranos. Pero murieron Hitler y Mussolini, las potencias del Eje fueron derrotadas y Franco siguió. El anarquismo no pudo ya respirar. La guerra y la dictadura lo destruyeron. Los cambios que se produjeron desde los años sesenta, con la modernización y el desarrollo, le impidieron echar de nuevo raíces. No fue solo un fenómeno español, pero el anarquismo acabó identificado con la historia de España de la primera mitad del siglo XX, como se han encargado de recordar decenas de testimonios, documentales, libros, novelas y películas que han mantenido la llama encendida frente a todos sus detractores. Así de solemne, compleja y contradictoria resulta su historia.

JULIÁN CASANOVA

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Etapas del movimiento obrero en España

MOVIMIENTO OBRERO. ETAPAS

Origen

Presindicalismo (1830/50):

  • 1ª manifestaciones: Ludismo y revueltas campesinas
    Ley de Sociedades benéficas (1839): legaliza las sociedades de ayuda mutua (Asociación de Tejedores de Barcelona)
    Introducción del SOCIALISMO UTÓPICO, cuyo objetivo es mejorar las condiciones de vida y trabajo de los obreros: redistribución de los beneficios; cooperativismo. Ideas de FOURIER (falansterios, difundidas por Joaquín Abreu) o PROUDHON (contra la propiedad privada y el Estado, Pi i Margall)
    Politización y sindicación (1850/68):
  • Acercamiento a demócratas y republicanos. Participación en la revolución de 1854. Reivindicaciones políticas y sociales
    Huelgas y manifestaciones como instrumento de presión. Ocupaciones de fincas (“hambre de tierras”)
    I Congreso Obrero (Barcelona, 1865).

Sexenio Revolucionario (1868/74): Toma de conciencia

Vinculación con la AIT (fundada en Londres en 1864) y alejamiento de los partidos burgueses. Difusión del anarquismo y marxismo.
§ 1870: Adhesión a la AIT: Federación Regional Española (FRE)

ANARQUISMO (Bakunin, Kropotkin):

  • Aspiran a la supresión del Estado y las clases sociales, rechazando la participación política y toda autoridad.
  • Sustitución del Estado, mediante la revolución, por la libre federación de colectividades. Propiedad colectiva.
  • Llega a España con Fanelli, (1868) y se impone entre los obreros catalanes (partidarios de la lucha sindical: anarcosindicalismo) y jornaleros andaluces (partidarios del uso de la violencia)
  • Líderes: Anselmo Lorenzo, Salvador Seguí.

MARXISMO (Marx y Engels):

  • Sustitución del capitalismo por el comunismo para alcanzar una sociedad igualitaria.
  • Abolición propiedad privada de los medios de producción y lucha de clases.
  • Participan de la acción política para defender sus intereses en el parlamento, formando partidos obreros.
  • Difundido en España por Lafargue (1871) entre los obreros industriales y mineros: Madrid, Asturias y Vizcaya. Ruptura con anarquismo 1872, cuando éste es expulsado de la I Internacional.
  • Lideres: Pablo Iglesias, Julián Besteiro, F. Largo Caballero
  • Congreso de 1872, Zaragoza.: división entre anarquistas y marxistas (éstos son expulsados de la FRE, mientras que los anarquistas eran expulsados de la AIT)
  • I República: ruptura definitiva con el republicanismo burgués.

Periodo de la Restauración (1874-1923)

1874: Ilegalización de las organizaciones obreras.

1879: fundación del PSOE por Pablo Iglesias

1881: el clima de libertades del gobierno de Sagasta permite la creación de la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), anarquista.

1888: Creación de la UGT

1911: creación del sindicato anarquista CNT, el más numeroso

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La Federación de Trabajadores de la Región Española

La Federación de Trabajadores anarco-colectivistas, que es la agrupación más numerosa que existe en España (…), no espera ni quiere nada del Estado y sí de la organización de la clase trabajadora, organización distinta y opuesta a la de los partidos políticos; porque estos aspiran a la conquista del gobierno y los anarquistas deseamos la abolición de todos los poderes autoritarios (…) Los derechos individuales son por su naturaleza imprescindibles e ilegislables, el sufragio universal, el derecho de asociación, la libertad de imprenta, así como la autonomía del individuo, del oficio, del municipio, de la comarca y de la región, no serán verdad mientras no se transforme la propiedad individual en colectiva, para que entrando las colectividades obreras a tomar posesión en usufructo de las fábricas, talleres, ferrocarriles, máquinas y herramientas, como igualmente de las materias primas, suelo, subsuelo, minas, etc. quede por solo este hecho, el individuo emancipado económicamente y por tanto en condiciones de pactar con entera independencia y de ejercitar con entera libertad todos los derechos inherentes a la personalidad humanas, siempre que el individuo cumpla con el imprescindible deber de producir.
Manifiesto de la FTRE al Congreso Democrático Federalista de Cataluña. 1º de mayo de 1883.

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Lucio: un anarquista contra la banca.

Creo que os va a interesra este documental sobre un anarquista español, exiliado en Francia a causa de la dictadura de Franco.  Puso en práctica las ideas libertarias con convicción y tenacidad, llegando a poner en jaque a la banca.

Anarquistas ha habido y sigue habiendo bastantes en el mundo. Los que han tenido que cometer atracos o introducirse en el contrabando para la causa son numerosos. Los que han discutido estrategias con El Ché o han ayudado a Eldridge Cleaver -el líder de los Panteras Negras- son los menos. Los que unido a todo lo anterior, hayan conseguido poner contra las cuerdas al banco más poderoso del planeta mediante la falsificación masiva de traveller checks, y sin faltar un solo día a su trabajo de albañil de construcción, sólo hay uno. Lucio Urtubia, hijo de Cascante (Navarra). Lucio, hoy en día, vive en Paris, retirado. Ha sido testigo -muchas veces parte activa- de varios acontecimientos históricos que se han dado la segunda mitad del siglo XX.

http://www.rtve.es/mediateca/videos/20101212/lucio/961865.shtml

Cuando lo veáis, animaros y añadir un comentario aquí en el blog.

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